Pesadillas Eróticas
Hace una semana tuve un sueño erótico. Los sueños eróticos son como pequeños regalos que te da la vida, aunque a veces, resultan frustrantes. Aquella noche me acosté con el estómago lleno. Me quedé dormido en seguida. Siempre me acuesto escuchando un cd de música, y ni siquiera llegué a terminar de escuchar la primera canción, pues mis ojos se cerraron y en poco tiempo ya me encontraba en el espiritual mundo de los sueños…. Me encontraba en una casa extraña de paredes triangulares y muebles de color lila cuando de repente llamaron a la puerta. Un mayordomo que resultó ser Rocco Sifredi abrió la puerta, y apareció en escena una mujer rubia espectacular vistiendo un mono de fontanera. “Vengo a desatascar esa tubería, encanto”, dijo la bella señorita. Como suele pasar en estas ocasiones, se produjo un diálogo de besugos que prefiero no reproducir, y al cabo de poco tiempo, la fontanera se encontraba encima mía y desnuda, con la excusa de que así se concentraba más para realizar su tarea. Yo estaba encantado, claro, ya que nunca había vivido una situación como esa. Y sólo pensaba en agradecer al portero por haberme pasado el teléfono de esa empresa de fontanería. El caso es que la chica se encontraba especialmente insinuante. Rompió el tubo del grifo y comenzó a cabalgar sobre mí mientras un chorro de agua gélida caía sobre nuestros cuerpos turbios. Cuando estaba ya a punto de desatascar mi tubería, de repente empezamos a oír un desagradable sonido: “Pi-pi-pi-pí, pi-pi-pi-pí, pi-pi-pi-pí….”. Al cuarto pi-pi-pi-pí me desperté de aquel hermoso sueño que algún ser divino me había concedido…. Pero, qué frustración no haber podido consumar el acto por culpa del despertador. Si lo hubiese programado para que sonara tan sólo cinco minutos después, otro gallo cantaría.
Como se suele hacer en estos casos, le conté el sueño a un amiguete del trabajo. Los hombres tenemos esa debilidad por contar nuestros sueños húmedos, como si tuviera algún mérito. Pero el día a día me hizo olvidar pronto lo vivido mientras dormía, y aquella fontanera de pechos enormes pronto desapareció de mi mente. Aquella noche volví a acostarme con el estómago lleno, por si acaso eso influía a la hora de definir la temática de mis sueños. Esta vez me quedé dormido a la quinta canción del cd, y no tardé en volver a encontrarme en aquella habitación de paredes triangulares y muebles de color lila. Sonó el timbre y esta vez apareció Torrebruno para abrir la puerta. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al ver entrar de nuevo a mi fontanera de pechos lúdicos…. pero su gesto no era precisamente el de una mujer que quería complacerme sexualmente. Se vino acelerada hacia mí y empezó a gritarme y a hacerme preguntas de “¡Por qué, por qué! ¿Por qué te fuiste de repente justo cuando estábamos a punto de…. desatascar aquello?” Me quedé de piedra ante su virulencia, y traté de explicarle que no fue por culpa mía, sino por el despertador y su pi-pi-pi-pí. Pero aquella mujer no entraba en razón. Estaba en tal estado de nervios que empecé a rezar para poder salir de aquel sueño tan desagradable. Ella no quería creer que tan sólo se trataba del personaje principal de un sueño erótico, y empezó a decirme que ella tenía sentimientos, que cómo iba a ser ella un personaje de un sueño si cada dos meses le llegaba la factura de la luz. Dijo aquello de que todos los hombres somos iguales, que siempre nos íbamos justo antes de…. desatascar aquello, y que estaba harta del todo.
El despertador volvió a sonar justo cuando ella estaba llorando sobre mi hombro. Me desperté, me duché y le conté aquel extraño sueño a mi amiguete del trabajo. A pesar de todo, no le di demasiada importancia, y seguí con mi día a día. Aquella noche cené antes, por si las moscas. Puse el cd y lo escuché entero. A la cuarta canción de la segunda audición conseguí conciliar el sueño. Esta vez no me encontraba en esa horrible habitación, sino en un ascensor octogonal con espejos deformantes como sacados de la casa de los espejos. Estaba subiendo cuando a la altura del piso 68 el ascensor se para. Se abre la puerta y aparece…. ¡la fontanera! Solté un grito de película de terror, pero no sirvió para nada. La mujer entró y empezó a recriminarme de nuevo lo de la espantada de la primera noche. Tenía los ojos enloquecidos, su cabello rubio y rizado de aspecto electrizante…. A cada segundo se iba pareciendo más a Glenn Close en Atracción Fatal. El ascensor se paró y, sin escapatoria ninguna, tuve que aguantar toda la noche los insultos de aquella mujer desquiciada. En ese momento para nada tenía ganas de sexo, pero le insinué que podíamos acabar allí lo iniciado el otro día, para ver si así se quedaba tranquila de una vez por todas. Pero ella se negó, dijo que no era una prostituta ni una ninfómana, y que era la primera noche cuando debía haber acabado lo iniciado, y no en aquel ascensor raro. Por más que miraba el reloj, la alarma no sonaba. Recordé que las pilas llevaban bastante tiempo puestas, y que quizás se habían agotado. No podía hacer más que rezar a las ánimas del purgatorio, a ver si me echaban un cable y me despertaban de aquella terrible pesadilla.
El día siguiente fue terrible para mí. Llegué tarde al trabajo y tenía un pésimo aspecto. Mi amiguete me aconsejó que fuera a un prostíbulo, buscara a una rubia y le hiciera vestirse con un mono de fontanera, y que quizás así conseguía alejarme para siempre de la rubia de mis pesadillas. Sé que era un plan ridículo, pero lo hice, porque mi desesperación era muy grande. La prostituta me tomó por un fetichista, y al llegar la noche y quedarme dormido, me di cuenta de que no sirvió para nada, pues la fontanera volvió a aparecer. Hubiese deseado mil veces soñar con Freddy Krugger en vez de con aquella rubia atormentada. En esa ocasión nos encontrábamos en mitad de un desierto de arena rosada. A lo lejos, una esfinge con el rostro de la fontanera nos contemplaba. Caminábamos hacia el monumento, sudorosos, y ella no paraba de despotricar y echar serpientes por la boca…. literalmente. Al llegar a la esfinge, nos adentramos por los pasillos interiores. Allí, látigo en mano, íbamos sorteando los distintos peligros que nos acechaban. La estampa era dantesca: parecíamos un Indiana Jones de pacotilla y una Xuxa disfrazada de fontanera. Tras dos horas de duro sufrimiento, conseguimos llegar al núcleo de aquel monumento. Se trataba de un gran sarcófago que estaba entre abierto. Lo abrí con cautela y allí estaba una mini Mayra Gómez Kemp alada con una notita que decía: “Si quieres que esa rubia desaparezca de tus pesadillas, métela dentro y cierra el sarcófago con la llave que encontrarás en tu bolsillo”.
Como pude, la convencí para que se metiera dentro, y nada más colocarse cerré el sarcófago y eché el candado gracias a la llavecita que efectivamente tenía en mi bolsillo. Salí de la esfinge, crucé de nuevo el desierto de arenas rosadas y llegué a mi habitación de paredes triangulares y muebles de color lila. Sonó el timbre, pero decidí no abrir. Me tumbé en la cama y cogí un Penthouse que guardaba debajo del colchón. Y me entretuve un rato hasta que, a punto de desatascar aquello, sonó de nuevo el pi-pi-pi-pí….