Relato Finalista: Fragmento de “Lo Frágil” (La Partida), de Álvaro Bruno Aparicio Siano
Os pongo otro de los relatos finalistas, un fragmento de “Lo Frágil”, que participó en el concruso con el título LA PARTIDA. Lo escribió Álvaro Bruno Aparicio Siano.
Fragmento de “Lo Frágil” (LA PARTIDA)
–Muy bien –suspiró Ernesto–. Están en el cuarto de atrás. Son cinco –agregó atravesando el pasillo–, y no tienen mucha experiencia en partidas de rol. No seas demasiado exigente con sus decisiones, ¿vale?
–Me niego –soltó Sebastián rotundo–. Si son débiles, ni dragones ni hostias, los matará un ciervo, o un pato cojo. La humillación será terrible.
El cuarto de atrás se abrió ante ellos tras una espesa cortina de humo de tabaco que ondeaba en atroces espirales. Se oía música ambiental proveniente de un rincón: viento, crujido de madera, y el chapoteo de un caballo sobre el empedrado. Una lámpara de techo descargaba su potente luz contra la mesa, donde cinco sujetos de porte ceremonioso estaban acodados garrapateando en unas fichas las características de sus personajes. Abriéndose a la creatividad, daban vida a su mundo interior, en ciertos casos, similar al de un paramecio hipertrofiado, como así lo comprobaría Sebastián al hacer revista a su compañía. Pero antes, mientras Ernesto lo presentaba, inspeccionaba el lugar, un sanctasanctórum otaku, muñequitos de Pokémon y Caballeros del Zodiaco en furiosa actitud frente a una barrera de volúmenes de manga protagonizados por tías con gigantismo en las tetas y robots con espadas cuyas formas sólo serían asimilables a través de terminología fálica, por ejemplo, pollas descomunales salvando el universo.
–Os presento a Sebastián –rebobinó abandonando el examen visual–, el mejor máster de Dungeons & Dragons que no se ha leído el reglamento de este lado del Mississippi.
–Hola –coreó la escoria de la mesa.
Sebastián salió de la penumbra y entró en el círculo de luz.
–Saludos, tablas rasas. –Con ademán imperioso le indicó a Ernesto que tomara asiento en su silla–. ¿Tienes tu ficha preparada? –le preguntó.
–Voy a utilizar a un bardo poeta de una campaña anterior. Si no te molesta.
–Me molesta. Pero haré la vista gorda a tenor de lo lamentable que se presenta la sesión. Hoy, todos seréis mis putas. Tú la primera.
–Gracias.
–Sois basura –comenzó recogiendo de soslayo la ficha de Ernesto y dándole un puñetazo contra la mesa–. Os llevaré a un mundo de intrigas políticas. Vendréis conmigo a los aposentos del rey. Comprobaréis a través de su propia boca la degradación del reino. Elegiréis las mejores ropas. Asistiréis a la investidura del nuevo obispo, y sufriréis las ácidas críticas de la nobleza. Os moveréis con galanura por la corte y tomaréis el té. Subyugaréis al pueblo. Elegiréis el color de las cortinas del castillo. Y criticaréis a la mujer del conde. Todo eso sin desenvainar el arma.
–¿En serio vamos a jugar a esa mariconada? –preguntó uno del montón.
–Pues claro que no, joder. Ponía a prueba vuestra velocidad de reacción, que veo que es la de un berberecho con déficit de atención. ¡No, maldita sea! ¡Avanzaréis por el bosque con el resplandor de vuestras espadas en dirección al campamento trasgo! ¡Decapitaréis a los que se opongan y sodomizaréis a los que se resistan! ¡Recorreréis las asoladas tierras sucios como gitanos chatarreros parando de tabernas en taberna, donde pernoctaréis en cuchitriles malolientes y escucharéis mensajes de auxilio y terror! ¡Y acudiréis a vuestra cita con la gloria en tierras remotas! ¡De sol a luna vuestra marcha estará signada por Tánatos! ¡Ningún trol gigante de siete cabezas armado con cachiporras del tamaño de un cimbrel de dragón representará desafío suficiente! ¡Seréis leyendas vivientes!
–¡Sí! –exclamaron al unísono.
–Ahora dadme las putas fichas. –Examinó la primera–. Un mago –murmuró–. Un mago de mierda. ¿Por qué te llamas Ejticulodati? ¿Por qué me obligas a memorizar un nombre impronunciable? ¿Y por qué de todos los atributos útiles que podrían pasar por una forma optativa de juego, vas y escoges el más absurdo? ¿Para qué coño quieres tanta fuerza?
–Pa’ que esté ciclao cuando tenga que ajustar el virote en la ballesta –contestó el aludido tras mucha reflexión–. Tensar la cuerda tiene que ser tela marinera. ¿Eh, o no?
–El mago arroja meteoritos por sus manos, ¿qué razonamiento imberbe te llevó a considerar la ballesta como una alternativa?
–Tío, soy el mago con ballesta. Como si me da por escribirle un trasfondo biográfico y lo pongo solicitando la castración química porque es gay y su familia es del Opus. A ti qué más te da.
Sebastián se quedó de piedra, incapaz de impugnar una lógica tan peregrina.
–Veamos la siguiente –dijo fingiendo su indisposición–. Bien, un guerrero enano –sonrió, trastornado– llamado Choricito. Qué humor más fino gastáis. Y con el mínimo de inteligencia. ¿Sabes que te expresarás con un léxico no mayor a quince palabras (si consigues pronunciarlas) e irás babeando tu armadura por el camino?
–Asumo las deficiencias de mi pequeña máquina de matar.
–Otro guerrero –continuó Sebastián pasando las fichas–. Otro guerrero. –Hizo un alto–. Y un semiorco bárbaro llamado Paloverde cuyo principal rasgo es una –entornó los párpados para leer aquella intrincada caligrafía– tranca soga azotadora de infieles. Ernesto, ¿quiénes son estos energúmenos?
–Son compañeros de facultad.
–¿Y desde cuando llamáis facultad al Centro de Rehabilitación? –preguntó desquiciado–. ¡Por Ao, que tengo una campaña liderada por un bardo poeta, un mago tira flechas y cuatro subnormales profundos! ¿En qué aventura pretendéis embarcaros si vuestro único destino posible es la Asistencia Social? –Sin esperar respuesta alguna por parte de Ernesto, cambió de blanco–: Paloverde, explícame por qué tu mejor baza es una tranca soga azotadora de infieles.
–Bueno, porque mola imaginarlo descolgándosela del hombro y sacudiéndola como un garrote. Resulta majestuoso.
–Es anatómicamente imposible golpear una coraza con la polla y no sufrir una penalización grave que te incapacitara varios turnos; y si no me crees, saca la tuya y enséñanos tu majestuosidad contra la mesa, a ver cómo se te queda el cuerpo.
–¿En serio?
–Por favor –insistió Sebastián con talante mefistofélico, confiado de que su oponente realizaría un ridículo memorable.
–Pues allá voy –soltó Paloverde empujando la silla y poniéndose de pie. Con una diestra bajada de bragueta, extrajo su herramienta y dio tres sonoros golpes contra el aglomerado–. Jódete, anatomía.
–¿Cómo es posible? –farfulló Sebastián.
–Si una armadura equivale a mitigar dolor –silogizó con filosofía–, la insensibilización extrema es la protección definitiva. Luego, si yo fuera Paloverde, les debería mi vida a Playboy y Penthouse.
–Entendámonos –intervino Choricito con suficiencia–. Aquí somos todos pajeros consumados. Que pongas en evidencia tu pericia en prácticas masturbatorias…
–¡Silencio, cúmulo insano de perversiones! –Chilló Sebastián al borde de la psicopatía–. Escucharos me haría gracia si no fuera tan triste, joder –murmuró palpándose las sienes–. Estoy de malhumor, y tenemos una campaña que emprender. Vamos a partir ya, con la asistencia o sin ella de los deficientes que componen el sector menos agraciado de la compañía.
–Si lo dices por mí –apuntó Choricito–, que sepas que me la suda. Y a Paloverde también.
–Vuestro contubernio no me amilana. Moriréis de alguna forma absurda, quizá a mano de una esfinge y sus acertijos o alguna mierda que subraye vuestra profunda imbecilidad estadística.
–Oh, maldito.
Sebastián adelantó una sonrisa amplia y ladina tras sus dedos entrecruzados.
–Así comienza nuestra historia… Estáis en una taberna. En una mesa cuyo quinqué alumbra vuestros rostros sin afeitar. Afuera llueve torrencialmente. El lugar está muy concurrido, todo sombras y siluetas entre velas y antorchas. Un personaje anónimo tropieza contra Ejticulodati y despierta vuestra adormilada suspicacia.
–¿Lo qué? –dijo el mago.
–Te han robado la ballesta. ¿Qué haréis? Sí…, Ernesto, el imaginativo bardo poeta.
–Sacaré mi lira –afirmó Ernesto viviendo su personaje–, engatusaré al público, y mis compañeros podrán descubrir al culpable en cuanto la muchedumbre se aquiete. ¡Esa ballesta +1 debe ser devuelta a su dueño!
–Tira el dado para que valore el resultado de tu acción –solicitó Sebastián verificando el catorce que asomaba panza arriba sobre la mesa–. Coges tu lira y captas inmediatamente la atención de los parroquianos. Todos, menos uno, que se escabulle hacia la salida. ¿Qué reacción tendrá la compañía?
–Choricito se ofrece voluntario para ir tras el presunto mangante. Tiro el dado. Un tres. Caspita, ¿eso es malo?
Sebastián arqueó las cejas.
–Choricito, el enano guerrero, acude hacia la salida babeándose el hombro derecho con el cuello torcido. Su cretinismo connatural y su paupérrima altura le impiden cumplir su objetivo, perdiéndose irremisiblemente entre el gentío. Choricito, desesperado, se arrodilla en el suelo y le pregunta al techo por qué. ¿Qué haréis ahora?
–El otro día vi un documental en Discovery Channel sobre grandes hijos de puta –aseveró Choricito con inquina– y me quedé dormido esperando verte salir.
–Paloverde decidir intervenir. Paloverde ser OTAN de compañía.
–Veo que estás compenetrado en tu papel –señaló Sebastián con recelo.
–Estar. Yo ayudar. Choricito reclamar. Yo abrazar y acariciar.
–Pero la primera tarea es recuperar la ballesta de Ejticulodati…
–A Paloverde importar cojón ballesta de maricón con túnica. Yo ayudar a Choricito. Choricito sufrir. Yo sufrir si Choricito sufrir.
–Tira el dado, joder –murmuró Sebastián restregándose las manos por la cara.
–Paloverde conseguir un veinte. Paloverde ir sobrado.
Sebastián tomó aire.
–El bárbaro Paloverde se levanta de la mesa y acude hacia el enano, perdido en el centro del salón. Tres guardias imperiales acodados en la barra, sin embargo, huelen el hedor del semiorco y se encaran con actitud hostil. ¿Qué hará Paloverde?
–A Paloverde no importar. Paloverde abrazar a Choricito.
Sebastián carraspeó.
–¿Qué hace un semiorco del norte en nuestras tierras?, preguntó el primero. ¡Será un fugitivo, con toda seguridad!, afirmó el segundo. Llevémoslo al calabozo y ahorrémonos disgustos, su presencia no puede augurar nada bueno, zanjó el tercero.
–Vamos, que son tres ases del análisis criminal –dijo Ejticulodati.
–¿Sabéis qué? –Soltó Sebastián con fatiga–. Iros a la mierda. Me piro.
Muy bueno el relato, me ha encantado!