Friday, October 23, 2009

Nuevo Chico En La Ciudad

 

    Rafael, un treintañero a punto de despedirse del número tres y sin muchos ánimos de recibir al cuatro, decidió hacer un giro a su vida cuando su enésima novia le dejó: se mudó de barrio. En Madrid cambiarse de barrio es casi como cambiar de ciudad, abandonó Ventas para adentrarse en el centro más castizo. Quería empezar totalmente de cero, aunque no tuvo más remedio que conservar su trabajo y su madre, y también un par de buenos amigos de los de toda la vida. Pero, afectivamente hablando, necesitaba replantearse su situación, ser más estratega y tener una actitud más activa.

    Rafael dejó un bonito apartamento para instalarse en una buhardilla de lo más acogedora. Quería sentirse cómodo y feliz allí dentro, así que no dejó entrar a su madre hasta que estuviese totalmente amueblado y decorado. No quería influencias ni aportaciones que ni le iban ni le venían, tan sólo quería hacer de su nuevo hogar una extremidad más de su ser.

    Una vez que Rafael consiguió coronarse como rey de su casa, inició la conquista de las calles que le rodeaban. Tenía localizado los puntos estratégicos que le ayudarían a mejorar su calidad de vida: por un lado un buen quiosco donde el dueño le dejara ojear los periódicos y las revistas antes de comprarlos si es que le interesaban; por otro una buena panadería que en vez de una dependienta tuviese dos, para así evitar aglomeraciones por un chusco de pan; por otro, aún, un supermercado pequeño que tuviese todo lo necesario para sobrevivir en la ciudad. Optó primero por uno que estaba más cerca de  su casa, pero la frutera le ponía siempre 100 gramos de más de aquello que pedía, así que finalmente se decantó por otro que estaba dos calles más abajo. No importaba, así se obligaba a andar más y por tanto conseguiría estar un poco más en forma.

    Como se decantó por una buhardilla, Rafael no tenía un vecino de arriba que le molestara, excepto Dios, pero Él vivía muy arriba, y su música celestial y trompetera apenas se escuchaba. Sí tenía una vecina de abajo carnal, una señora de setenta años pizpireta y sorda. No le importaba que pusiera la tele muy alta, ya que sus programas favoritos coincidían con las horas de trabajo de él, y los fines de semana la buena señora se iba a casa de su hija en Majadahonda. Aún así, para ganarse su simpatía, Rafael le regalaba todos los lunes una pequeña cesta de fruta variada.

    Nuestro hombre estaba diseñando su propio paraíso y hasta entonces todo le iba a las mil maravillas. Pero tenía un asunto que resolver aún: su vida afectiva. Rafael no era de esos hombres que no saben vivir desemparejados, pero las tres últimas novias le habían dejado tan mal sabor de boca, que tras muchas horas de reflexión decidió que no dejaría el asunto amoroso sujeto a casualidades y coincidencias. Decidió tener todo controlado desde el principio, así que no dejaría dejarse atrapar por el amor, sino elegir él a su futura Eva antes de iniciar todo el proceso amatorio.

    Este hombre que se daba una nueva oportunidad, decidió que el mejor sitio para conocer a una mujer era una librería. Así que dos tardes a la semana y los sábados por la mañana, Rafael se plantaba en una coqueta librería a cuatro calles de su buhardilla, y haciendo como el que ojeaba libros, en verdad dedicaba su atención a observar a las clientas, analizando no sólo sus gestos, sus formas y la luz que desprendiesen, sino la temática de los libros que elegían.

    Descartó de inicio a todas las que comprasen libros de autoayuda, no quería mujeres hipersensibles y que aún estuviesen buscándose a sí mismas; también huía de mujeres que comprasen el nuevo premio Planeta, o el nuevo best seller internacional, o el último libro de la factoría César Vidal, o novelas sobre asesinos en serie, por si  acaso. La segunda tarde, Rafael observó a una mujer pagando un libro sobre Robert Capa. Él se entusiasmó, pues fue la primera vez que una de ellas se llevaba una obra de su gusto, así que la siguió con disimulo por las céntricas calles de Madrid, mientras él ya empezaba a idealizar a su posible nueva pareja… hasta que aquella riada de ilusiones desembocó en una popular chocolatería donde la mujer compartió mesa con un apuesto hombre al cual regaló el libro con entusiasmo.

    En otra ocasión, Rafael vio a una joven frágil y hermosa ojear “Música Para Camaleones”, de Truman Capote. ¿Lo comprará… o no lo comprará? Se preguntaba él sin cesar hasta observar cómo se guardó el libro en el bolso y se marchó del local sin pasar por caja. Buena elección, pensó él, pero no tengo ganas de convivir con una forajida. A todo esto que el dueño del local ya se había percatado de la omnipresente presencia de Rafael en su coqueta librería, pero nunca le llegó a preguntar sobre sus horas perdidas entre sus libros, pues todos los días que iba hacía una buena compra. Se acostumbró a él como el campero a la salamandra que se come las molestas moscas.

    Mientras llegaba la mujer de su vida, Rafael hizo dos buenos amigos en aquel rincón. Ramón, un jubilado logroñés que disfrutaba hablando de literatura con él, y Benjamín, un joven escritor que logró convencer al librero para que vendiera allí su libro de relatos cortos. A veces los tres coincidían, y acababan en una cafetería cercana aletargando el tiempo mientras decidían quién era el mejor novelista norteamericano o realizaban su propia quema de libros malos.

    Una tarde de otoño, estando Madrid cubierta de nubes, frío y viento, mientras Rafael seguía con su búsqueda en aquella librería de luz cálida, una mujer de unos 42 años muy bien llevados se acercó a un ejemplar de “Las Mil y Una Noches”. Sus manos suaves parecían actuar por sí solas, buscando una página concreta de aquel clásico. Rafael, deslumbrado por su presencia, aún consiguió observar que no llevaba anillo de compromiso, que sus labios estaban esculpidos por Bernini, que sin duda había elegido el peinado más favorecedor, y que sus oscuros ojos dejaban entrever el carisma que escondía tras su fina piel. Sus manos iban pasando páginas hasta pararse en un capítulo concreto. La mujer comenzó a leer mientras sus ojos parecían recordar una vieja lectura clandestina, quizás un relato que le hizo sonrojar en su juventud, en una escapada nocturna a la biblioteca del salón donde sus padres escondían el pecaminoso libro en su balda más alta. La mujer no dudó en hacerse con el ejemplar. El librero miró a Rafael conociendo ya sus intenciones, y le dijo sin decirle: “Ésta es tu chica”. Ella salió de la librería y la siguió durante varios minutos hasta que llegaron a un triste parque. Se sentó en un banco, y sacó de la bolsa el nuevo tesoro de su biblioteca. Su vecino de arriba le echó un cable: gotas repletas de agua comenzaron a caer a granel. Rafael se acercó a ella con un amplio paraguas y ambos se refugiaron en el bar de viejos más cercano. Al olor de café recién hecho, sus miradas coincidieron. Él ya sabía que algo había nacido entre ellos, ella aún estaba por descubrirlo.  

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Friday, October 2, 2009

Testamento De Don Justiciano Mangano Rubí

    Yo, Don Justiniano Mangano Rubí, mayor de edad (como para no serlo teniendo 89 años), y con pleno uso  de mi facultades mentales, dejo aquí formalizado mi testamento, para ser leído y ejecutado una vez muerto y enterrado. Mi abogado y amigo Don Ricardo Gallardo Ortiz se encargará de su correspondiente lectura ante mis herederos que sean nombrados en este texto.

   Antes de dar a conocer el reparto de mis bienes, voy a hacer unos cuantos comentarios que no puedo dejar pasar, y que una vez muerto, poco me van a importar sus consecuencias. Ante todo, decirle a mis tres hijos que no son tres, sino cuatro. Sí, así es. Aparte de Justiciano Junior, Mariano y Desconsuelo, también es hijo mío Miguel Fraguel Mangano, cuya madre es Doña Raquel Fraguel, vecina de Villarobledo del Rosario. Teniendo esto en cuenta, apelo a las buenas maneras para que mis hijos acepten este desliz. Total, donde comen tres, comen cuatro.

    Durante toda mi vida he intentado ser siempre un buen marido, un buen padre, un buen vecino y un buen estafador. Seamos claros, siempre os he querido dar lo mejor, pero, obviamente, el sueldo de un auxiliar administrativo no da para mucho. ¿Nunca os preguntasteis cómo era posible que viviésemos de lujo con mi sueldo? Ya no me importa confesarlo, pues con delitos o sin ellos, los muertos estamos condenados a la prisión de la tumba.

    Sin más, comienzo ya a hacer la distribución de mis bienes.

    A mi primogénito Justiciano le entrego mi piso de María de Guzmán, 33; sito en Madrid. Hijo, ya sé que siempre te has sentido cohibido por mi presencia y autoridad, pero como me he muerto ya puedes salir del armario. Sí, hijos, Justiciano es gay. No te pongas rojo como un tomate, Justi, que no pasa nada. Qué mejor manera de salir del armario que recibiendo un piso como el que te otorgo. Comprenderás, hijo, que si quieres ocultar tu sexualidad, no puedes esconder tus revistas guarras debajo del colchón. Me costó mucho tranquilizar a tu difunta madre cuando vio aquella colección de Playguy. Así que, hijo, vive la vida y deja de hacerte el solterón empedernido.

    A ti, Mariano, te dejo la casa de la playa, en Santurce… con la condición… de que te levantes ahora mismo y te pongas a cantar el “Desde Santurce a Bilbaoooooo… vengo por toda la orillaaaaaa”… Venga, Mariano, siempre has sido muy tímido, así que esto te servirá para soltarte, y piensa que el premio es una casa en la playa. Además, te lego mi colección de condones usados. Espero que la conserves y vayas ampliándola. También te incluyo una obligación: cada viernes has de depositar sobre mi tumba una tortilla de patatas de cuatro huevos con cebolla y pimientos. Así hasta que transcurran seis meses desde mi entierro, que entonces pasará a tener cinco huevos, y así sucesivamente hasta llegar a los veinte huevos. En ese momento, ya puedes dejar de hacerlo.

   Y a ti, mi preciosa hija Desconsuelo, te otorgo mi tercer piso, el de Pintor Rosales, 44; también sito en Madrid. Aprovecho para decirte que tu nombre fue un empeño de tu madre. Yo quería llamarte Consuelo, a secas, y tu madre Desiré. Y no había forma de que ninguno cambiase de opinión, así que ella optó por una solución salomónica y acabó llamándote Desconsuelo. Dicho esto, te diré también que los Reyes Magos no existen, y que D’Artacan no es de carne y hueso, sino un dibujo animado. A tus 49 años creo que ya es hora de que lo sepas. También son tuyas todas las joyas y las chaquetas de visón de tu madre, las cuales me quedé en depósito por mi afición al travestismo. Por cierto, si puedes, acércate al Pub Sclavos y diles que Deseo ha muerto. Ya se olerán algo, pues en 25 años no he faltado ningún miércoles a mi show.

    A mi hijo Miguel (el bastardo, para entendernos), le dejo el piso que actualmente comparte con su madre, Raquel.  A Miguel le lego también mi segunda colección, la de eructos conservados en bolsitas. Recuerda que no las puedes abrir, porque si lo haces, el olor se va y ya pierden su valor. Miguel, sé que no he sido un buen padre para ti. En comparación con tus hermanastros, siempre he sido como una figura lejana en tu existencia. Falté a todos tus cumpleaños y tardé doce años en acordarme de tu nombre, pero quiero que sepas que siempre te he llevado en mi corazón, por eso, quiero que te lo quedes. Mi abogado te hará entrega de un bote de cristal con mi corazón conservado en vinagre. Quiero que te lo quedes para que, cuando lo mires, recuerdes que siempre estuviste ahí dentro.

    En cuanto a mi dinero en metálico, las cuentas de ahorro, los Bonos y las Letras del Estado, iros despidiendo de ellos, porque se lo lego todo a Vicente. Os preguntaréis qué hace un vagabundo sentado en la sala donde estáis reunidos, pues está ahí porque él es Vicente. Vicente, quiero que te quedes con todo el dinero y que hagas con él lo que te salga de los santísimos. Llevas 30 años viviendo en la calle, despreciado por la sociedad y, sin embargo, durante ese tiempo has sido siempre el único en dedicarme una sonrisa cada mañana. Y nunca te importó si alguna vez no te daba una moneda por no tener suelto… que aun así siempre me decías buenos días con una sonrisa en tu cara. Por eso, Vicente, te mereces mi dinero.

    Por último, y como condición para que todos mis herederos puedan adquirir mis bienes otorgados, tenéis que alzaros y poneros el disfraz que mi abogado os va a facilitar. Una vez disfrazados, quiero que os pongáis a cacarear por espacio de una hora. Quiero que os mováis como gallinas en un corral y os paséis una hora cacareando sin parar.

    Sin más me despido de ustedes hasta otra ocasión. Tenedme siempre en vuestros recuerdos.

Posted by Erty at 00:08:15 | Permalink | No Comments »