Nuevo Chico En La Ciudad
Rafael, un treintañero a punto de despedirse del número tres y sin muchos ánimos de recibir al cuatro, decidió hacer un giro a su vida cuando su enésima novia le dejó: se mudó de barrio. En Madrid cambiarse de barrio es casi como cambiar de ciudad, abandonó Ventas para adentrarse en el centro más castizo. Quería empezar totalmente de cero, aunque no tuvo más remedio que conservar su trabajo y su madre, y también un par de buenos amigos de los de toda la vida. Pero, afectivamente hablando, necesitaba replantearse su situación, ser más estratega y tener una actitud más activa.
Rafael dejó un bonito apartamento para instalarse en una buhardilla de lo más acogedora. Quería sentirse cómodo y feliz allí dentro, así que no dejó entrar a su madre hasta que estuviese totalmente amueblado y decorado. No quería influencias ni aportaciones que ni le iban ni le venían, tan sólo quería hacer de su nuevo hogar una extremidad más de su ser.
Una vez que Rafael consiguió coronarse como rey de su casa, inició la conquista de las calles que le rodeaban. Tenía localizado los puntos estratégicos que le ayudarían a mejorar su calidad de vida: por un lado un buen quiosco donde el dueño le dejara ojear los periódicos y las revistas antes de comprarlos si es que le interesaban; por otro una buena panadería que en vez de una dependienta tuviese dos, para así evitar aglomeraciones por un chusco de pan; por otro, aún, un supermercado pequeño que tuviese todo lo necesario para sobrevivir en la ciudad. Optó primero por uno que estaba más cerca de su casa, pero la frutera le ponía siempre 100 gramos de más de aquello que pedía, así que finalmente se decantó por otro que estaba dos calles más abajo. No importaba, así se obligaba a andar más y por tanto conseguiría estar un poco más en forma.
Como se decantó por una buhardilla, Rafael no tenía un vecino de arriba que le molestara, excepto Dios, pero Él vivía muy arriba, y su música celestial y trompetera apenas se escuchaba. Sí tenía una vecina de abajo carnal, una señora de setenta años pizpireta y sorda. No le importaba que pusiera la tele muy alta, ya que sus programas favoritos coincidían con las horas de trabajo de él, y los fines de semana la buena señora se iba a casa de su hija en Majadahonda. Aún así, para ganarse su simpatía, Rafael le regalaba todos los lunes una pequeña cesta de fruta variada.
Nuestro hombre estaba diseñando su propio paraíso y hasta entonces todo le iba a las mil maravillas. Pero tenía un asunto que resolver aún: su vida afectiva. Rafael no era de esos hombres que no saben vivir desemparejados, pero las tres últimas novias le habían dejado tan mal sabor de boca, que tras muchas horas de reflexión decidió que no dejaría el asunto amoroso sujeto a casualidades y coincidencias. Decidió tener todo controlado desde el principio, así que no dejaría dejarse atrapar por el amor, sino elegir él a su futura Eva antes de iniciar todo el proceso amatorio.
Este hombre que se daba una nueva oportunidad, decidió que el mejor sitio para conocer a una mujer era una librería. Así que dos tardes a la semana y los sábados por la mañana, Rafael se plantaba en una coqueta librería a cuatro calles de su buhardilla, y haciendo como el que ojeaba libros, en verdad dedicaba su atención a observar a las clientas, analizando no sólo sus gestos, sus formas y la luz que desprendiesen, sino la temática de los libros que elegían.
Descartó de inicio a todas las que comprasen libros de autoayuda, no quería mujeres hipersensibles y que aún estuviesen buscándose a sí mismas; también huía de mujeres que comprasen el nuevo premio Planeta, o el nuevo best seller internacional, o el último libro de la factoría César Vidal, o novelas sobre asesinos en serie, por si acaso. La segunda tarde, Rafael observó a una mujer pagando un libro sobre Robert Capa. Él se entusiasmó, pues fue la primera vez que una de ellas se llevaba una obra de su gusto, así que la siguió con disimulo por las céntricas calles de Madrid, mientras él ya empezaba a idealizar a su posible nueva pareja… hasta que aquella riada de ilusiones desembocó en una popular chocolatería donde la mujer compartió mesa con un apuesto hombre al cual regaló el libro con entusiasmo.
En otra ocasión, Rafael vio a una joven frágil y hermosa ojear “Música Para Camaleones”, de Truman Capote. ¿Lo comprará… o no lo comprará? Se preguntaba él sin cesar hasta observar cómo se guardó el libro en el bolso y se marchó del local sin pasar por caja. Buena elección, pensó él, pero no tengo ganas de convivir con una forajida. A todo esto que el dueño del local ya se había percatado de la omnipresente presencia de Rafael en su coqueta librería, pero nunca le llegó a preguntar sobre sus horas perdidas entre sus libros, pues todos los días que iba hacía una buena compra. Se acostumbró a él como el campero a la salamandra que se come las molestas moscas.
Mientras llegaba la mujer de su vida, Rafael hizo dos buenos amigos en aquel rincón. Ramón, un jubilado logroñés que disfrutaba hablando de literatura con él, y Benjamín, un joven escritor que logró convencer al librero para que vendiera allí su libro de relatos cortos. A veces los tres coincidían, y acababan en una cafetería cercana aletargando el tiempo mientras decidían quién era el mejor novelista norteamericano o realizaban su propia quema de libros malos.
Una tarde de otoño, estando Madrid cubierta de nubes, frío y viento, mientras Rafael seguía con su búsqueda en aquella librería de luz cálida, una mujer de unos 42 años muy bien llevados se acercó a un ejemplar de “Las Mil y Una Noches”. Sus manos suaves parecían actuar por sí solas, buscando una página concreta de aquel clásico. Rafael, deslumbrado por su presencia, aún consiguió observar que no llevaba anillo de compromiso, que sus labios estaban esculpidos por Bernini, que sin duda había elegido el peinado más favorecedor, y que sus oscuros ojos dejaban entrever el carisma que escondía tras su fina piel. Sus manos iban pasando páginas hasta pararse en un capítulo concreto. La mujer comenzó a leer mientras sus ojos parecían recordar una vieja lectura clandestina, quizás un relato que le hizo sonrojar en su juventud, en una escapada nocturna a la biblioteca del salón donde sus padres escondían el pecaminoso libro en su balda más alta. La mujer no dudó en hacerse con el ejemplar. El librero miró a Rafael conociendo ya sus intenciones, y le dijo sin decirle: “Ésta es tu chica”. Ella salió de la librería y la siguió durante varios minutos hasta que llegaron a un triste parque. Se sentó en un banco, y sacó de la bolsa el nuevo tesoro de su biblioteca. Su vecino de arriba le echó un cable: gotas repletas de agua comenzaron a caer a granel. Rafael se acercó a ella con un amplio paraguas y ambos se refugiaron en el bar de viejos más cercano. Al olor de café recién hecho, sus miradas coincidieron. Él ya sabía que algo había nacido entre ellos, ella aún estaba por descubrirlo.