Cuento Para Niños
Érase una vez un niño de ocho años cuyo perro blasfemaba en esperanto. Todos los vecinos de su pequeño pueblo iban cada tarde a casa de Jorgito a ver cómo el perro decía “Dio glutemulo” o “Dio neniu sipo” o “Dio enkaraktera”. Lo que más les extrañaba no era que el perro hablase, sino que supiera idiomas y que tuviese capacidad de raciocinio como para tener una postura divergente en contra del cristianismo. El párroco del pueblo, al enterarse de la existencia de este animal, quiso colgarle del cuello, o incluso cortarle la lengua. Pero su hermana, que es la madre de Jorgito, se lo impidió, ya que los vecinos tiraban siempre unas monedas al pozo de la casa cada vez que iban a ver al perro blasfemo, y con ese dinero pagaba el Dúo Combinado de Telefónica.
Jorgito iba cada mañana al colegio, y allí se encontraba con niños de su pueblo, pero también de otros pequeños pueblos vecinos. Un día le entró la vena nacionalista y empezó a gritar en el patio del colegio que con qué derecho iban a su colegio los niños de otros pueblos, que en qué país vivíamos y que vaya tela la caradura de los pueblerinos. Pero todo acabó cuando un niño de otro pueblo le dio un puñetazo en el bajo vientre. Entonces entendió que todo tiene su sentido si uno mantiene un pensamiento abierto y positivista.
El pequeño Jorgito tenía aprecio a todos sus vecinos del pueblo, pero estimaba especialmente a tres de ellos: Juan “el Urticario”, Manolo “el Sacamuelas” y “Griñete”, el mal llamado “tonto del pueblo”. Estimaba a Juan “el Urticario” porque cada domingo, justo cuando se iniciaba en la misa el rezo del Padrenuestro, el bueno de Juan se tocaba la entrepierna para rascarse. Así que cuando la feligresía decía aquello de “….que estás en los cielos”, Jorgito se giraba y miraba a Juan, el cual automáticamente se rascaba las hueveras. También estimaba a Manolo “el Sacamuelas” porque éste tenía por costumbre dar de comer jamón york a todos los gatos del pueblo. Todas las noches, a eso de las cuatro de la madrugada, Manolo se bajaba a la calle con tres cuartos de kilo de jamón de york y se iba a la fuente de la plaza, donde quedaba siempre con los gatos del pueblo, que serían unos 34 entre domésticos y callejeros. Manolo distribuía las raciones y no volvía a su casa hasta que el último gato se había comido su parte de jamón de york. La ventana de la habitación de Jorgito daba a aquella plaza, así que él cada noche a las cuatro de la mañana se despertaba únicamente para ver cómo Manolo “el Sacamuelas” le daba jamón de york a los 34 gatos del pueblo.
Y, por último, Jorgito estimaba especialmente también a Griñete, el mal llamado “tonto del pueblo”. Le estimaba porque Griñete guardaba siempre su dinero dentro de un pañuelo blanco, y cada vez que iba a pagar algo, sacaba con oficio su pañuelo del bolsillo y con delicadeza cogía las monedas justas para pagar lo que compraba. Pero Griñete no pagaba nunca la cantidad real, sino un 63% de dicha cantidad. Es decir, que si una barra de pan costaba 80 céntimos, Griñete le pagaba al panadero 50,40 céntimos. Y así hacía siempre. Quizás realmente fuese retrasado, pero tenía una mente privilegiada para hallar el 63% de cualquier cantidad. Griñete nunca explicó por qué pagaba sólo esa cantidad, pero algunos vecinos afirmaban que se debía a que un día le mandaron un certificado en el que se le daba un 63% de minusvalía por su ligero retraso mental, así que él entendió que si él tenía ese 63%, debía aplicar ese porcentaje a los precios de todo aquello que comprase, y los comerciantes y tenderos del pueblo lo vieron justo.
Jorgito era un niño normal para todo el mundo, pero él pensaba que era raro, e incluso se mostraba orgulloso de su rareza. Los demás niños le preguntaban que qué tenía de raro, que si acaso tenía seis dedos o qué. Pero Jorgito le decía que su rareza era mental, abstracta, y que no era algo que se pudiese demostrar como lo de los seis dedos. Todos los años los niños se reunían en un solar y cada uno hacía algo raro o espectacular. Este año Jorgito dejó fascinados a todos cantando el “auamba buluba balambambú” en arameo. Otro niño realizó un cambio de sexo a una lagartija, otro bautizó a cinco escarabajos peloteros y luego los excomulgó, otro dio cinco volteretas vestido con una sotana y sin calzoncillos y otro niño recitó el monólogo de Otelo con voz de pito.
Me imagino, niños, que todos querréis saber cómo acaba este cuento, pero lo diré en esperanto para que os vayáis aficionando a esta lengua tan vivaz: “kaj estis felica kaj ili mangi perdices”.