El Chico Que No Podía Decir Te Quiero
Érase una vez un chico que no podía decir “te quiero”. De pequeño observaba cómo sus amiguitos demostraban su cariño a sus padres, pero él era incapaz de mostrar el más mínimo gesto apreciativo. Su madre fue una mujer cariñosa que amaba a su hijo más que a todo en el mundo, y siempre se le escapaba una lágrima cuando su pequeño se iba a la cama y no se le acercaba a darle un beso o un pequeño gesto. Cuando era ella quien forzaba el abrazo, su hijo se quedaba como paralizado, y su rostro mantenía un rictus de frialdad impropia de un niño de su edad.
Su madre llegó incluso a preguntarle al doctor si aquello era normal, pero éste no fue capaz de diagnosticar ninguna enfermedad o trastorno emocional; simplemente, dijo, “es un niño con un carácter muy frío, casi glacial; que se tome una aspirina a la semana”. La preocupada mujer no paraba de alagar al niño, de hacerle regalos y de ofrecerle todo tipo de dulces y chocolates. Pero todo aquello fue en vano, ni siquiera recibía de su parte una mirada tierna de complicidad. Con suerte daba las gracias, pero con un tono parecido al que se usa para agradecer algo a un funcionario de Correos.
La buena señora casi entró en depresión, su nivel de autoestima bajó considerablemente. Es obvio que la falta de cariño de su hijo podía con ella, y por más que el padre tratara de tranquilizarla, ella dedicaba mucho tiempo al día a llorar y a pensar en qué más podía hacer para conseguir un “te quiero, mamá”. Quizás fruto de su dolor interno, la madre sufrió una penosa enfermedad que la llevó a morir pocos meses después. En su lecho de muerte, cogió de la mano a su hijo y le dijo:
- Hijo, quiero que sepas que te quiero muchísimo. Y que me voy de este mundo, pero que sepas que te estaré esperando en el cielo, cuando hayas vivido tu vida, una larga y fructuosa vida.
El hijo, que por aquel entonces tenía 12 años, se limitó a mirarla y decirle con una enorme frialdad:
- No te preocupes, mamá, ve en paz.
Aquella buena mujer se fue a la otra vida sin haber sabido qué era recibir el cariño de su hijo.
El entonces viudo, el padre del niño, volvió a casarse con una prima lejana suya, y aquella señora gorda se convirtió en su madrasta. No era una mujer mala, pero sí bastante despreocupada con las labores de la casa, y permanecía ajena a la educación de su hijastro. El padre, desbordado por sus propias preocupaciones, se limitaba a otorgarle una paga semanal, y a firmarle sus resultados académicos, que siempre fueron brillantes. Con 17 años, el chico ya se codeaba con las muchachas de su edad; pero las cautivaba más por su atractivo que por su carácter, que siempre fue igual de frío que en su niñez. Por eso las chicas iban pasando por su vida una tras otra, aburridas de un joven incapaz de abrazarlas o de pasear cogidos de la mano.
Cuando cumplió los 21, su padre le organizó una fiesta de cumpleaños al que apenas acudieron algunos compromisos. No pareció importarle mucho, pero en un momento determinado, el joven miró hacia el sofá donde solía descansar su madre, y tras permanecer ido de la situación por unos segundos, salió de la casa corriendo dirigiéndose hacia algún lugar cercano al frondoso bosque del acantilado. Corría como si le persiguiera una bandada de lobos, hasta que llegó a lo alto del acantilado, con la imagen de la bahía de Dublín ante sus ojos. El viento refrescaba su cara y le secaba el sudor que impregnaba su rostro, sudor que empezó a confundirse con las lágrimas que salían de sus ojos, los cuales se alzaron al cielo y, entre sollozos, gritó con desgarro y pasión: “¡Te quieroooooooooooo, mamaaaaaaaaaaaaaá!”
El joven llegó a su casa pálido y cansado. Su padre, preocupado, llamó al médico de cabecera, el cual, tras hacerle una revisión, dijo: “Este chico está perfectamente; que se tome una aspirina a la semana”.
Aquella noche no paró de llover en Howth, y el joven Sean durmió profundamente, levantándose a la mañana siguiente como un hombre nuevo.
Cierto es que a veces nos cuesta bastante decir un “Te quiero” a la persona que más se lo merece: nuestra madre. No deberíamos escatimar en esta frase. El colmo del absurdo es que, incluso deseando pronunciar estas dos mágicas palabritas, nos quedemos en el intento. ¿Qué extraña razón nos frena…?
Muy bueno el relato, Erty. Un saludo!