Proceso De Reflexión Profunda
Una vez en casa, se quitó el traje y la corbata y se acomodó con su chándal de estar por casa, el cual estaba tan sucio y apelmazado que por sí sólo podía estar por casa y hasta acomodarse él solito. El dirigente político en cuestión se medio tiró sobre el sofá y puso el dvd de la Abeja Maya que regaló a su hija por su quinto cumpleaños. En la intimidad, cuando nadie le escucha, el político (llamémosle a partir de ahora Rosendo) se distrae imitando la voz de la abeja Willy. Si organizaran un concurso de imitadores de la abeja Willy lo ganaría con un 100% de probabilidades. A menudo, cuando está en medio de una conferencia de prensa con más de cincuenta medios acreditados, tiene la tentación de seguir su comparecencia poniendo la voz de Willy, pero sabe que eso supondría el fin de su carrera política.
Al cabo de una hora, llegó su hija del colegio y le preparó un bocadillo de mortadela con aceitunas. En realidad sabe que su hija lo detesta, pero así tiene la excusa de ponerse él otro bocadillo. Lo que no sabe Rosendo es que su hija (a partir de ahora Carmelita), saca del bocadillo la mortadela y esconde las rodajas entre las páginas de los libros grandes de museos que nunca lee nadie. El grado de putrefacción es supino, pero Rosendo atribuye la peste al mal olor de las cañerías del baño.
Rosendo estaba dando de comer a sus periquitos cuando llegó Mariola, su mujer. Ella sabe que su marido apenas ayuda en casa, así que lo que hace es preparar meriendas-cenas, y así dispone de la noche para escribir sus libros de autoayuda personalizados. Se trata de libros de no más de cien páginas que escribe para subir el ánimo de las personas que lo solicitan previo pago de 1050 euros. De esa cantidad, ingresa 1000 en el banco, y los 50 los va introduciendo en un bote de Cola Cao a modo de hucha con la idea de ir ahorrando para su primera luposucción. El libro está lleno de topicazos, frases hechas y peloteos varios. “Venga, campeón, que tú puedes”, y cosas así. El contenido es prácticamente igual para todo el mundo, lo único es que deja hueco ciertos espacios para ir escribiendo el nombre del cliente. “No te dejes llevar por experiencias traumáticas, _ _ _ _ _ _ _”. De esta forma, ahorra mucho tiempo y aún saca tiempo para leer poesía, reciclar la basura y recoger las caquitas de los perros de sus vecinos.
Serían las 9 de la noche cuando Mariola vio a su marido en el Telediario afirmando aquello de “abriremos un proceso de reflexión profunda”. Miró a su marido, el cual hacía sus ejercicios de vocalización, y le recriminó que andara haciendo esos ejercicios en vez de iniciar su proceso de reflexión profunda. Rosendo se levantó resignado y se dirigió al báter. Allí se sentó y depositó sus interioridades en modélicas formas. Mirándose al espejo, puso cara de exiliado político e intentó iniciar su proceso, pero se vio incapaz…. En menos de cinco segundos ya estaba imitando la voz de la abeja Willy. Dejó el baño y se dirigió a su despacho, una habitación más parecida a un rastrillo benéfico debido a los innumerables objetos ahí guardados. Cogió un bolígrafo y un folio en blanco e intentó concentrarse, pero se vio incapaz…. En menos de cinco segundos ya había dibujado a la abeja Willy fornicando con la abeja Maya.
Había pasado una hora y en ese tiempo Mariola había finalizado dos de sus libros de autoayuda personalizados. En uno de los dos se podía leer “No te dejes llevar por tus experiencias traumáticas, MANOLO”. Mientras tanto, Rosendo era incapaz de llegar a ninguna conclusión. Se supone que debía llegar a las profundidades reflexivas de la situación de su partido a través de un proceso…. pero sólo era capaz de maldecir en mandarín a aquel compañero que le aconsejó que dijera esa frase tan sonora y bienintencionada. Llegó a pensar incluso en tirar la toalla y anunciar a bombo y platillo que la conclusión era que su partido había obtenido menos votos que en la anterior legislatura porque el número de sus votantes se había reducido, pero eso hubiese supuesto un auténtico escándalo político. Desesperado, le pidió a su mujer que le escribiera uno de sus libros. En menos de media hora ya había incluido “Rosendo” en todos los huecos y lo había imprimido. Por ser su marido y el padre de su hija le cobró 1000 euros. A los quince minutos de empezar a leerlo, Rosendo había subido su autoestima unos 35 grados y Mariola tuvo que frenarle para impedirle anunciar a los medios que iniciaba su proyecto político en solitario.
A la mañana siguiente Rosendo amaneció dentro de la caseta del perro sin saber cómo había llegado hacia allí. Su ropa interior apareció dentro de la nevera y su chándal de estar por casa debió arrastrarse unos cincuenta metros calle abajo. Tras la ducha matutina se miró al espejo y se dio cuenta de que su existencia como líder político no tenía ningún sentido si no era capaz de realizar su proceso de reflexión, ya sea profunda o no. Al llegar al comité de subvocales de su partido, quedó incrédulo al comprobar que ninguno pudo aportar ni una sola observación, aunque al final de la reunión lograron votar por mayoría reducida comunicar a los medios que retiraban la palabra “reflexión” cambiándola por “inflexión”, y que se daban un periodo de cuatro años para llegar a la conclusión de qué narices querían decir con semejante afirmación.
Esa tarde Rosendo llegó contento a casa. Se había quitado de un plumazo la peor frase de su vida, igualada a la de “Yo, Rosendo, te quiero a ti, Mariola”. Pensó que tenía cuatro años más para ahorrar y abrir la charcutería que siempre había soñado tener. Se puso su chándal de estar por casa, se medio tumbó en el sofá, puso su video de la Abeja Maya y disfrutó de su bocata de mortadela sintiéndose el hombre más afortunado de toda la casa.
