La Vida Del Americano Medio (Según Nos Contaron En Sus Películas)
El americano medio nace como todo el mundo: del interior de su madre. Una vez nacido, los padres se lo llevan a casa y durante los primeros años de vida prácticamente viven igual que en cualquier sociedad del primer mundo: comen papilla, vomitan, cagan, mean, lloran y maldicen en hebreo. Normalmente este bebé americano tendrá uno o dos hermanos más como mucho, a no ser que sean muy pobres, que entonces podrían formar un equipo de voleibol.
La vida del americano medio empieza a distinguirse en la pubertad: es en ese momento en el que el adolescente americano pasa al instituto y comienza para él el momento de distinguirse: o eres el capitán del equipo de rugby o eres un pringado con gafas con intereses pseudointelectuales-masturbatorios. Al mismo tiempo, en el caso de las chicas, o eres la líder de las cheerleaders o eres una pringada con gafas con intereses pseudointelectuales-masturbatorios. Más allá de estos dos estereotipos, parece no haber nada…. según nos cuentan en sus películas.
El capitán del equipo de rugby siempre usa la misma chaqueta de jugador de béisbol, que la madre debe lavar por las noches a escondidas para que siempre esté limpia y reluciente. Este chico, siempre guapo y atlético, siempre es el novio capullo de la líder de las cheersleaders, la cual siempre es guapa y capulla. Ella siempre está enamorada de él, y él únicamente le gusta ella por su físico. Pero el chico siempre pasa por una fase en su adolescencia en la que se enamora de una de las pringadas con intereses pseudointelectuales-masturbatorios. La pringada, generalmente, no es tan fea una vez le quitan las gafas y se depila el entrecejo. La líder de las cheerleaders suele ser rubia y lleva tras de sí un séquito de aspirantes a modelos de centro comercial, incapaces de hallar el número pi o de leer un verso de Shakespeare sin atragantarse con la saliva.
En cualquier caso, seas guapo o feo, o popular o perdedora, todo adolescente americano tiene derecho a ir acompañado al baile de fin de curso. Ellos siempre van enchaquetados y van a las casas de sus acompañantes a recogerlas. Pasan un mal trago en esa conversación inútil con los padres de ella hasta que la chica baja por las escaleras con su vestido de Barby, y tanto los padres como el chico han de poner cara de sorpresa y decir en alto: “Ohhhh, estás preciosa“. Una vez la chica llega abajo, él se dispone a colocarle en la solapa la flor que tanto le ha costado en la floristería, y ambos se van sonrientes y cabizbajos hacia el coche sin marchas con destino a la cancha de baloncesto donde tendrá lugar el evento. La madre de la chica observa feliz cómo se aleja la dulce pareja, mientras el padre mantiene el rictus de preocupación tras haber avisado al chico de que “como le pongas una mano encima a mi pequeña Lucy, date por jodido, imberbe de mierda“.
En la fiesta, los chicos beben un licor rojo sin alcohol servido en grandes recipientes de cristal. Suena la música de una banda de música en directo. Los chicos se mueven con ritmo hasta que el grupo cambia radicalmente de tono y comienza la balada: ése es el momento trascendental, si la chica se queda, bailarán agarrados la balada y significa que esa noche mojan; si la chica se aleja con la excusa de ir al baño, entonces el chico no le quedará más remedio que recurrir a sus ejercicios de muñeca habituales de cada noche. La música se para de repente, sale un profesor y todos prestan atención: van a elegir al rey y a la reina del baile, y no entiendo por qué narices prestan tanta atención si saben perfectamente que los reyes serán el capitán del equipo de rugby y la líder de las cheerleaders. Les colocan las coronas y ahí es cuando llegan al tope de felicidad de sus vidas, ya que a partir de ese momento, ella se convertirá en una chica sin aspiraciones y él en un pobre infeliz incapaz de acabar sus estudios universitarios, a pesar de la beca que le han dado por ser tan bueno pasando una pelota con forma de melón.
Ya en la edad universitaria, los que empiezan a acaparar la atención son el resto de chicos que no han llamado tanto la atención en el instituto, es decir, el 95% de los colegiales. Esos son los que encarrilan sus vidas con más o menos dignidad. Concluyen sus estudios y tienen profesiones que le ayudan a tener una buena casa de madera pasto de los tornados, en esas urbanizaciones con anchas avenidas y césped alrededor donde cada mañana un niño en bicicleta les tira el periódico y donde cada noche un asesino encapuchado se pasea por sus arbustos con ganas de pillar a alguien y mandarlo al otro mundo. La otra posibilidad es que estos nuevos treintañeros vivan en una gran urbe como Nueva York. Entonces en vez de vivir en casas de madera, viven en apartamentos sin paredes, en esos loft enormes y fríos en los que se sube en un ascensor de mercancías con reja incluída…. Pero centrémonos en el americano medio con chalet de madera, que dan más juego.
La pareja de treintañeros que rozan ya la cuarentena ya tiene hijos. La madre les hace siempre un desayuno elaborado con tostadas, cereales, zumos y revueltos de huevo que por supuesto siempre desprecian los niños con la excusa de que llegan tarde al colegio, y yo me pregunto qué narices hace la madre con tanta comida sobre la mesa, si se la come o qué, y además, por qué narices cada mañana vuelve a cocinar todo aquello si los hijos vuelven a despreciarlo cada mañana. Empieza ahí una crisis entre padres e hijos que ellos mismos ya padecen con sus respectivos padres sexagenarios, porque, en Estados Unidos, los hijos adultos siempre se llevan mal con los padres ancianos. Los abuelos, con suerte ven a sus hijos en el Día de Acción de Gracias (festividad americana que merece un post exclusivo). Sin embargo, la vida siempre les da una oportunidad a ambos, ya que cuando el padre anciano comunica al hijo que le quedan dos meses de vida, es entonces cuando ambos llegan a un acuerdo para aguantarse durante esos dos meses y aparentar cierta cordialidad…. Total, dos meses pasan volando.
Luego, cada americano medio, tiene derecho a vivir una gran desgracia: ya sean secuestros en bancos, terremotos, incendios en rascacielos, tornados, invasiones extraterrestres, ataques de pájaros o infecciones masivas. Si logran sobrevivir a esta experiencia, seguirán con sus vidas ya explicadas en este texto hasta que les llegue su fin: un entierro en un idílico cementerio ajardinado, donde sus familiares y amigos les dejarán a medio enterrar para ir a la casa del difunto a zamparse emparedados y mediasnoches de jamón y manteca de cacachuetes. Y así son sus vidas, al menos, según nos lo contaron en sus películas….