El Revisor De Mis Sueños
Se acerca la hora de salida, y por muy a gusto que esté en ese banco, mejor me encontraré cuando el tren me esté llevando a mi casa. Una vez que paso el control habitual, me acerco al andén y compruebo que el tren es de lo más normal, un Talgo corriente, nada que por su aspecto se acercara al estilismo de la estación que estábamos a punto de abandonar. En el andén, decenas de personas esperaban ansiosas la apertura de las puertas, y cuando esto sucede, se aceleran las ansias por abandonar aquel lugar y ocupar el asiento del tren durante el largo trayecto a casa.
Una vez sentado y con el tren ya en marcha, me dejo arrastrar por el sueño que se avecina, aparcando la idea de disfrutar del paisaje o visionar la película que pretende distraernos durante dos horas. Me quedé dormido, y no soñé nada….
Entonces abro los ojos y observo junto a mí al revisor. A pesar del férreo control en la estación, nos vuelven a pedir los billetes. Abro la cremallera de mi mochila habitual, meto mi mano en busca de mi billete, pero…. no lo encuentro. Le pido un instante al revisor, para poder buscarlo mejor. Empiezo a sacar todo tipo de objetos de mi mochila: un botellín de agua, unos auriculares, mi libro de McCourt, dos paquetes de kleenex, papeles antiguos…. pero mi billete no aparece. Me fijo en la cara del revisor y empiezo a notar en su rostro gestos de resignación: “uno que se ha colado“, parece pensar.
Le vuelvo a pedir paciencia, pues mi billete debe estar en algún lugar. Urgo por los bolsillos de mi chaqueta, los de mi pantalón, mi camisa, y de mi frente comienzan a caer lágrimas de sudores fríos, pues noto que en ese momento me he convertido en el protagonista de aquel vagón: “uno que se ha colado“, parecen pensar todos. El revisor, un hombre canoso, bien cuidado, con cara rojiza y ojos azules, cambia su gesto de resignación por el de la impaciencia. Una risita brota de la comisura de sus labios, buscando la complicidad en las miradas de los demás pasajeros. Mis manos, alocadas, siguen buscando mi billete por cualquier rincón de mi alrededor, mientras no dejo de excusarme y pedir paciencia, pues yo entré en la estación con mi billete en la mochila y allí volvió tras el primer control.
Pero en ese momento dejo de ser un pasajero y me convierto en un sinvergüenza que pretende viajar gratis. De nada sirven mis explicaciones, mi cara de buena persona, mi aspecto de chico bien…. que si no tengo un billete que mostrar, en ese momento me convierto en reo sin defensa, en persona deshonrosa. Y es entonces cuando se abre una puerta, abro los ojos y veo a mi hermana que entra en mi habitación. Con crueldad, enciende la luz y mis ojos se cierran ante tal atentado lumínico. Comienza a hablar dándome unas instrucciones, unas cosas que hacer a lo largo de la mañana. Me pregunta si me estoy enterando, pero le miento vilmente…. Sus palabras llegaban rotas a mi mente, el sueño aún apoderaba mi ser como imperio resistente a abandonar sus dominios. Ella se va, apaga la luz, y me veo a mí mismo sentado sobre la cama, en medio de una gran crisis personal.
Me viene a la mente la cara de aquel revisor, los rostros de los demás pasajeros, observándome todos ellos con crueldad, y mi honor completamente despellejado. “Es un sueño. Sólo fue un sueño. Olvídalo“, me digo a mí mismo. Pero no puedo. A lo largo de esa mañana fui a hacer esos recados que mi hermana debió explicarme de nuevo a través del teléfono. Iba de un lado a otro de la ciudad sin dejar de pensar en lo que había ocurrido en aquel tren. No me bastaba con pensar que sólo era un sueño; en algún lugar, ese revisor, esos pasajeros, seguían pensando que yo era un tramposo sinvergüenza. Se me negó la posibilidad de defenderme, de encontrar mi billete perdido, de demostrar que yo también había pagado mis 110 euros como todos los demás, y que era una persona honrada y un buen ciudadano.
Cuando llegó la noche, me acosté con la idea de volver a retomar el sueño inconcluso. Me centré en esa situación vivida la noche anterior, me recreé intentando recordar cada momento vivido, cada rostro visto, cada sensación que tuve. De nuevo el sueño se apoderó de mí y en poco tiempo me quedé dormido…. En ese momento me encontraba en Praga, subiendo unas escaleras de un edificio demacrado. Me acompañaba una bella corista que sólo Dios sabe cómo acabó en mis brazos. No había temor en mis ojos, de forma que seguramente me dirigía a un lugar habitual. Saqué unas llaves de mi bolsillo y abrí la puerta del 3ª A con cotidianidad. Le dije a la corista con voz de borracho: “¡Bienvenido a mi palacio, reina mía!” Y mi acompañante me agradeció mis palabras abandonando a cada paso algún componente de su vestimenta hasta lograr la desnudez absoluta….
Suena el teléfono…. Son las 8:30 de la mañana. Mis ojos intentan abrirse como unas viejas ventanas de madera, y me siento vacío, muy vacío. No fui capaz de soñar de nuevo con ese tren, no pude aclarar la situación. Me levanté y continué angustiado durante toda la mañana. Y pensé que quizás ese revisor existía en realidad. Quizás era uno de aquellos que trabajan en mi ruta habitual del cercanías. Así que me dirigí a la estación y me pedí un billete de ida y vuelta. No iba a ningún lugar, tan solo quería cerciorarme de que ese revisor del sueño podía existir. Y si le veía, sin dudarlo me acercaría a él y le aclararía la incómoda situación de la noche anterior. Si no podía hacerlo con el protagonista de mi sueño, al menos lo haría con su alter ego real. Y no me importaba que me mirara como a un loco. Lo único que pretendía era quedarme tranquilo conmigo mismo, pues si hay algo desagradable en la vida es que te acusen falsamente de algo que no has hecho y que ni siquiera se te habría ocurrido hacer.
Estuve durante dos horas y media realizando el viaje de ida y vuelta, y no hubo suerte. Mi revisor no apareció, y le pregunté a los dos que vi si tenían algún compañero que tuviera un físico parecido a la descripción que les di. Uno de ellos comentó que un compañero de San Fernando podía ser la persona que buscaba, pero hacía un año que dejó de trabajar, pues tuvo un importante accidente de coche que le obligó a retirarse. Me bajé en San Fernando y pregunté en la estación. De nuevo les di la descripción, y me volvieron a mencionar al revisor accidentado. Le pedí a uno de ellos, al que parecía más bondadoso, que me facilitara la dirección del revisor, pues quería llevarle un regalo por el cariño que le cogí tras tantos años de servicio…. Lo apunté en un papel y allí me dirigí. Llamé al timbre y me abre la puerta un hombre de pelo canoso, con cara rojiza y ojos azules…. pero no era mi revisor. Me fui de allí triste y con sensación de estar haciendo el ridículo. Cogí el tren camino a casa, castigándome a mí mismo por haber ocupado mi tiempo en semejante absurdo. Ya puestos a buscar, podía ir tras los pasos de la corista checa, e intentar concluir aquella noche que se antojaba larga y lujuriosa.
Al cabo de unos meses, tuve que hacer un viaje a Madrid. El viaje quise hacerlo en un tren Talgo, y específicamente le pedí al taquillero que me diese un billete para sentarme en el asiento 5 A del vagón 14. Allí estuve esperando durante tres horas hasta que apereció el revisor. Previamente había comprobado que mi billete se encontraba perfectamente ubicado en mi mochila habitual. Al pedirme el revisor mi billete, alegremente abrí la cremallera y mi mano lo buscó, pero…. ¡no lo encontraba! Por más que miré, por más que saqué todo tipo de objetos, por más que mi cara de buenazo me inculpara de cualquier delito…. no encontré mi billete, y tuve que pagar una abundante multa. Por más que buscase una explicación lógica a lo sucedido, no hallé ninguna. Así que cuando llegué a Madrid, me fui sin pensármelo al aeropuerto de Barajas, me olvidé de aquella reunión que tenía en Madrid y me compré un billete rumbo a Praga…. en busca de mi destino.