Hola, soy una patata. ¿De qué se ríen? ¿De mi aspecto o de mi nombre? Una vez, en el Congreso Anual de Hortalizas Apáticas me dijeron que “patata” era seguramente la palabra más divertida del vocabulario español, por encima de “gordinflón” y “churrete”. En cualquier caso, no quiero ver ni una sola risita más, o se las verán con una patata cabreada.
Quiero avisarles de que éste no será el típico monólogo patatil. No les voy a contar lo típico de que si me pelan, me cuecen o me fríen para acompañar a un par de huevos fritos. Mi vida trasciende a todo eso.
Yo soy una patata criada en Harvard, y las patatas de Harvard tenemos destinos más interesantes que una freidora Balay. Recién licenciados, nos reclutan para distintos destinos de orden científico, experimental o comensal. A ver, sí, lo reconozco, algunas acabamos fritas, pero en comidas gubernamentales o cócteles de embajadas donde una cena apetitosa puede decantar un tratado comercial hacia nuestros intereses. Pero algunas patatas, muy pocas, somos reclutadas por el FBI y la CIA. Ese fue mi caso. Soy la patata con número identificativo 8575 - V, Agente Especial Chips.
En plena Guerra Fría participé en un caso de gran trascendencia internacional, aunque la operación se llevó en secreto. Debíamos introducirnos en la antigua U.R.S.S. Allí, junto al Agente Spike y al Agente McManaman debíamos localizar y hacernos con el Prototipo C3W, un pequeño chip que contenía importantísima información nuclear.
Allí, en mitad de la estepa moscovita, hayamos un pequeño garaje donde muy astutamente escondían el prototipo entre tornillos. Spike decidió entonces introducir el chip dentro de mí. Al fin y al cabo, nadie sospecharía de una patata. Pero menospreciamos a la inteligencia rusa al pensar aquello, pues a las primeras de cambio un agente soviético me captó, y amenazándome con una navaja toledana gritó a mis compañeros: “¡Tengo a su patata, tengo a su patata!”
La tensión era máxima. Spike y McManaman le apuntaban con las pistolas, y el ruso a punto estaba de dejarme pelada y trasquilada. Él no paraba de despotricar en ruso e insultar en arameo, y yo me temía lo peor…. Pero entonces mis compañeros sacaron un talón de cheques e intentaron chantajearle. Le ofrecieron un talón por cien dólares y un par de entradas para Disneylandia, y el ruso no tardó ni dos segundos en lanzarme hacia mis compañeros y aceptar la oferta. Obviamente, el talón y las entradas eran falsos.
Al llegar a Washington, fuimos honrados como héroes anónimos del espionaje internacional. Spike y McManaman fueron condecorados con una medalla y a mí me metieron en cloroformo, porque, es lo que tenemos las patatas, que con el tiempo nos podrimos….