Tuesday, May 29, 2007

Nina (La Perra, No La Cantante)

 

  Tras dedicar un post a la figura del Pantera, con todo lo que aquello significó de recuerdo histórico, dedico un nuevo capítulo a la nostalgia, uno que puede ser un poco como un segundo capítulo de una Trilogía Nostálgica De Mi Infancia.

  Cuando tenía unos siete años, allá por el año 1982, ver perros vagabundos por la calle era de lo más normal. Hoy en día, los niños no saben lo que son los perros vagabundos, y menos mal, porque si no no tardarían en prenderles fuego…. Pero por muy habitual que fuese, nuestras madres siempre nos advertían de los peligros de acercarnos a esos perros. Nos hablaban de una enfermedad que hacía caer el pelo a los niños, y a mí eso me hacía perder los nervios. Por supuesto, estaba la famosa rabia. La posibilidad de ver a un perro rabioso era escasa, pero era como una leyenda urbana real: el fantasma estaba ahí, y si te mordía, te convertías en un niño rabioso. Hoy en día todos los niños son rabiosos, pero no echan espuma por la boca.

   Una mañana de sábado, mis amigos Pepe, Javi y yo nos encontramos a un perro peludo y pelirrojo que parecía abandonado. Nos cayó bien, y le llamamos Donald, como el Pato Donald. El perro no es que fuese la alegría de la huerta, pero nos caía bien. Cada tarde bajábamos a la calle y allí estaba el chucho. Pero al sábado siguiente, apareció una niña con su padre alegando que el perro les pertenecía, y que se lo querían llevar de vuelta. Nosotros nos pusimos a un lado y ellos al otro. En medio, Donald, el cual debía decidir con quién se quedaba. Nos miró a nosotros, luego a ellos, después de nuevo a nosotros, y finalmente se decantó por volver con sus auténticos dueños. Y no nos extrañó, al fin y al cabo ellos le ofrecían un hogar y comida tres veces al día, y  nosotros sólo le podíamos ofrecer un par de matorrales para dormir.

   Y ahí acabó nuestra relación con el perro Donald. Poco tiempo después, apareció en nuestras vidas otro perro callejero. En esta ocasión se trataba de una cachorra negra, de pelo corto y liso y una cara muy simpática. Era muy nerviosa, y no paraba de juguetear con nosotros. La llamamos Nina, como la cantante, pero esto fue mucho antes de que Chicho bautizara así a la cantante de pelo rizoso. 

  Nina se instaló en los jardines justo debajo de nuestro edificio. Allí era feliz. Los domingos le bajábamos los restos del pollo asado de pollería, y se lo comía todo. Claro, era el único plato caliente que engullía en toda la semana. Los sábados por la mañana era nuestro tiempo dedicado a ella. Nos bajábamos a jugar y ella nos acompañaba. Al principio era una perra muy limpia, y daba gusto acariciarla, pero pronto empezó a presentar un aspecto más asqueroso. Ignoramos si se restregaba en las mierdas ajenas, como es costumbre en sus congéneres.

  Pero aunque nuestro cariño era mutuo, llega un momento en la vida de toda perra en que es necesario independizarse, alejarse de los suyos para saber cuál es exactamente su lugar en el mundo. Ella lo tuvo claro: su lugar en el mundo estaba en unas obras muy cerca de nuestro edificio. Eran las obras que agrandaban nuestra urbanización. Era costumbre que los guardianes de las obras se dejaran acompañar por perros callejeros. Los animales le hacían compañía en las largas noches de invierno, y el vigilante, a cambio, les daba chuscos de pan y algún que otro resto.

  Cuando ocurrió aquello, dejamos de verla por un tiempo. Pero una mañana de sábado, sin saber exactamente dónde estaba, empezamos los tres a gritar al unísono: “¡NIIIIINAAAAAA!, NIIIIIINAAAAAA!” Pero nada ocurría, no la veíamos, hasta que de repente la vimos  llegar a lo lejos en una cabalgada digna del Grand National. Y con toda la lengua afuera, se avalanzó hacia nosotros convirtiendo aquello en una tierna escena donde niños y perra se abrazaban, se lengüeteaban y se daban innumerables muestras de cariño. Ahí estaba nuestra Nina, la fiel Nina que a pesar de todo siempre estaba dispuesta a vernos. Luego, alrededor de una hoguera, fumando cigarrilos y bebiendo café con whisky, nos contó que se había convertido en la jefa de los perros de aquella obra. Ella era como la reina madre de un plantel de abejas: todos los perros yacían con ella y pronto empezó a traer críos al mundo.

  El ritual de la llamada a Nina se convirtió en un clásico en nuestra urbanización. Ella era tan efusiva en sus saludos que al gritar su nombre debíamos subirnos a los columpios y balancearnos, para así evitar que nos tirara al suelo, pues, aunque era una perra mediana, en la obra fortaleció sus músculos considerablemente.

  La relación con nuestra perra duró dos años, quizás tres, hasta que una buena mañana de sábado la llamamos a gritos…. y no apareció. Nos acercamos a las rejas que separaban la obra, y entre aquella marea de perros no avistamos a nuestra negruna Nina. Más tarde nos enteramos de que la perra murió en un ataque masivo del resto de los perros. Algo así como un golpe de estado perril en el que intervinieron incluso sus propios hijos. Sus últimas palabras fueron: “Tu quoque, fili mi.”

  A partir de entonces decidimos no adoptar más perros callejeros, pues ninguno iba a poder superar a nuestra querida y eterna Nina.   

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Saturday, May 19, 2007

Despertarse Con Los Hermanos Marx.

 

 

 

 

 

 

 

  Todas las mañanas, nada más despertarme y abrir los ojos, lo primero que veo es a esos tres hermanos con cara de gamberros de la foto: Groucho, Chico y Harpo. Hace años salió una colección de sus películas en los quioscos. Me compré el primer número, donde regalaban dos pelis, y venía todo en un gran cartón donde predominaba la imagen de los tres hermanos Marx. Me gustaba tanto esa imagen que decidí recortarla.  

  En mi habitación del colegio mayor de Madrid tenía un poster de Marilyn Monroe en su famosa pose con la falda al aire. Me resultó gracioso colocar a los hermanos Marx encima del poster, de forma que el dedo de Groucho señalaba a su contemporánea rubia.

  Pasados los años, volví a mi ciudad y el cartón con la imagen de los Marx acabó en algún cajón semi abandonado. Hasta que un día me reencontré con ellos. Me acordé entonces de aquella secuencia de HANNAH Y SUS HERMANAS en la que el personaje de Woody Allen, en un momento de desesperación emocional, se metía en un cine a ver SOPA DE GANSO, la más surrealista de las pelis de los Marx. Y en esa secuencia Woody nos explicaba que a veces hay que dejarse llevar, olvidarse de los grandes tormentos de la vida y ver las cosas con más optimismo.

  Quizás por eso, decidí recuperar ese cartón con la imagen de Groucho, Chico y Harpo y colocarlo justo enfrente de mi cama, de forma que todos los días, nada más abrir los ojos a la realidad, mi primera visión sean las alocadas caras de los Marx invitándome a tener un día lo más divertido posible.

  Ponga un Groucho en su vida, y verá las cosas con más optimismo.

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Friday, May 11, 2007

“Y No Te Quito La Cadena Porque-Porque”.

    A mediados de los años 80, teniendo yo apenas 11 años, sufrí mi primer atraco. Un amigo y yo nos adentramos en una especie de zona arbolada donde era muy fácil salir trasquilado. Aun así, nos aventuramos, y justo cuando nos íbamos de vuelta, un chorizo se nos acercó y abusando de la inocencia de unos niños que éramos, nos pidió que le diésemos los relojes que llevábamos. El mío apenas llevaba una semana asentada en mi muñeca, pues fue un regalo de mi padre por mi reciente cumpleaños. Pero no me quedó otra. Luego, el chorizo se fijó en una cadena que llevaba mi amigo, la tocó y le dijo: “Y no te quito la cadena porque-porque“. Y sin más, se alejó con nuestras posesiones.

  Esa zona arbolada es uno de esos lugares míticos que forman parte de la memoria colectiva de muchas personas de mi ciudad. En cualquier ciudad existe siempre rincones curiosos, zonas secretas, con un oscuro halo que los envuelve. En mi ciudad, ese lugar se llamaba El Pantera. Era una zona semi selvática inserta en la ciudad, compartiendo territorio con una urbanización creada diez años antes. Una gran zona arbolada sin cuidar, destinado a ser en un futuro zona urbanizada, pero que durante esos años se convirtió en zona neutral, un lugar muerto pero muy vivo al mismo tiempo. La basura se acumulaba, paraíso de las ratas, y los arbustos silvestres crecían a su aire.

  Durante esos años de inicio de la Transición, el Pantera se convirtió en lugar de peregrinaje para parejas que buscaban intimidad. Era fácil hayar entre la maleza colchones viejos allí depositados, rodeados por decenas de condones usados. El Pantera era un rincón prohibido para los muchos niños que vivían a su alrededor. Las asustadizas madres no paraban de prohibirnos la entrada a ese paraíso en desuso, pero nosotros, como niños curiosos que éramos, deseosos de descubrir la razón de su misterio, a menudo saltábamos la valla que lo rodeaba con la intención de demostrar nuestra valentía a nosotros mismos.

  Y por mucho que allí entráramos, jamás llegábamos a entender cuál fue el origen de aquel terreno no civilizado y, sobre todo, el origen de su nombre: el Pantera. ¿Por qué el Pantera? ¿Qué era el Pantera? ¿Quién era el Pantera? Durante mucho tiempo se decía que el nombre se debía a la existencia en ese bosque de una auténtica pantera; ese félido y oscuro animal que tanto atemoriza a los niños de todo el mundo. Quizás el bulo surgió de las propias madres, con la sana intención de mantener alejados a sus hijos de allí. No había brujas, ni hombres del saco…. sino una pantera peligrosa y asesina que merodeaba por su hogar y atemorizaba a cualquiera que quisiese pisar su terreno.

  Pero jamás fue visto semejante animal. Era como el monstruo del Lago Ness. Y por no ver, ni siquiera se veía a las cientos de ratas que allí habitaban, aunque su presencia se sentía. Entonces, si no existía ese fiero animal, ¿de dónde surgía el nombre de El Pantera? La fatídica figura se humanizó. La otra leyenda hablaba de un solitario hombre de la nobleza bodeguera, una especie de oveja negra, quizás alejado a la fuerza y medio obligado a vivir en aquel bosque alejado del centro de la ciudad. Es verdad que entre la arboleda había una zona con restos de una antigua casa. Se hablaba de un tiempo mejor donde el Pantera-el hombre- mantenía aquello como un Edén privado; con árboles y arbustos cuidados, con una casa donde alojar a sus invitados, incluso un rincón donde el personaje podía mantener a un particular animal de compañía. Quizás el pantera animal y el Pantera hombre coincidieron en ese paraíso verde y oscuro.

  En cualquier caso, la industria inmobiliaria pudo con la leyenda, y años después, la zona se convirtió en una urbanización. Se respetaron algunos árboles, sobre todo los enormes y elegantes pinos; esas ratas que no veíamos tuvieron que trasladarse durante las obras a la urbanización contigua, y la leyenda se fue apaciguando, se fue marchitando y dejó de existir en las nuevas generaciones de niños, los cuales tuvieron que buscarse nuevos juegos para demostrar su valentía, y las madres consiguieron vivir más tranquilas.

  Después de aquel primer atraco, fuimos corriendo a casa de mi amigo. Asustados, mi amigo le explicó a su madre lo acontecido, y le hizo saber esa última frase del chorizo: “Y no te quito la cadena porque-porque“. A lo cual, la madre preguntó: “¿Por qué?” Pero nunca lo supimos….

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Tuesday, May 8, 2007

Los Tocawebs.

 

  Este post va dedicado a todos aquellos que sufrimos a los tocapelotas. Los tocapelotas (o  tocawebs), son aquellos sujetos y sujetas que pululan por el mundo siempre dispuestos a tocar los huevos al resto de la sociedad. Un día maravilloso, soleado, apacible, se puede joder como te cruces con uno de esos tocahuevos. Y cuando eso ocurre, sólo cabe salir de esa situación cuanto antes. Por desgracia no existe aún el mando a distancia para darle al off a esta gente, así que mejor es tomar las de Villadiego.

  Lo malo es que a veces no te cruzas con uno de esos, sino que convives!! O trabajas!!! O te casaste!!!! O es la madre de quien te casaste!!!!! En esos casos sólo cabe resignarse, o huir. Porque, tantos desaparecidos que hay cada año…. ¿acaso creen que fueron raptados por extraterrestres? Nooo, la mayoría huyó por propia voluntad, y quizás la culpa la tuvo un tocawebs.

  Y el tocapelotas…. ¿nace o se hace? ¿Se nace de esta condición como el que nace pelirrojo o asmático? Mi teoría es que sí. A ver, si uno da un curso de tocahuevos y aprueba con nota, pues será capaz de trabajar de eso, pero es que el auténtico tocapelotas es así 24 horas al día. Es decir, que uno es ingeniero 8 ó 10 horas al día, pero el pelirrojo o el tocapelotas lo son siempre, no se puede evitar. Porque joder a los demás cansa, es una actividad que requiere mucha voluntad; por eso, o se nace con esa vocación, o se está destinado al fracaso, es decir, a ser un tío normal y corriente.

   Pero, ¿el tocapelotas es consciente de su condición? En el momento en el que actúa como tal, ¿se da cuenta? ¿O pasa como con los alcohólicos? Que se dejan llevar y luego al día siguiente no recuerdan nada. En ese caso, más vale que el Ministerio de Sanidad estudie la situación y detecte las medidas oportunas para evitarlo, porque ya no es sólo la salud del tocawebs, sino también, y sobre todo, de los que lo padecemos. De hecho, se me ocurre que podrían hacer locales donde no se permita tocar los huevos, un bar libre de jodiendas…. ¡sería cojonudo! Cada uno iría de buen rollo, a pasarlo bien, a estar a gusto, y sin tener ese miedo a encontrarse con algún tontaina que te arruine la noche. Pero habría que diseñar una señal de “prohibido tocapelotas”…. ¿Sería una mano apretando un paquete tachado por la barra roja característica de las prohibiciones?

  En fin, qué coñazo de gente. Y no me extrañaría que hubiese una convención de tocapelotas anual. Que se concentren todos un fin de semana al año y se cuenten sus experiencias para aprender nuevas técnicas y solucionar sus problemas.

  - Hola, me llamo Fernando, y hace una semana fui a un restaurante. Pedí pescado, me lo comí y luego se la armé al camarero diciéndole que estaba crudo y que no lo quería pagar. Me dijeron que por qué no lo avisé antes, y que me lo hubiesen pasado más tiempo por la plancha, pero es que entonces no sería un tocapelotas de verdad, ¿no creen?

  - Pues yo me llamo Mari Carmen, y me considero la tocapelotas número uno de mi ciudad. Las dependientas me odian, porque cada vez que mi marido muestra interés por comprar algo caro, me dedico siempre a marearle para que al final no se lo compre. Hace poco mi marido se iba a comprar un chaquetón caro, entonces vi la cara de ilusión de la dependienta, y me dije a mí misma que nanai, así que le dije: “Cariño, pero si ya tienes dos chaquetones” Pero él insistió en que le gustaba ese, y yo repliqué: “Vale, cariño, pero cómpratelo sólo si es en otro color, porque  todo lo que tienes es beige. Señorita, ¿no lo tienes en morado?” Pero claro, obviamente antes me fijé en todos los colores que tenían en la tienda. Así que nos fuimos sin gastar ni un duro, que se joda la dependienta.

  - Bueno, eso no es nada. Yo me llamo Ildefonso, y soy funcionario de la Tesorería. Y soy el mayor tocapelotas de la comunidad. Y además, me jacto de ello. Todas las mañanas me paso dos pueblos con los ciudadanos que vienen a hacer papeleos. Soy arisco, escupo mientras hablo y les hago dar mil vueltas por las administraciones a sabiendas de que no hace falta. ¡Y encima me pagan! Ja,ja.

  En fin, ya podía ser la convención en el Titanic….

  Así que el resto de la sociedad deberíamos unirnos para hacer frente al enemigo común del siglo XXI. Unidos seremos más fuertes. Ellos son pocos y cobardes, y unos hijos de la gran larva!!

 

 

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Thursday, May 3, 2007

Mi Odisea Polaca.

 

  Allá por el año 2001 me pidieron un favor que al principio me pareció un regalo, pero una vez metido en situación…. se convirtió en una auténtica pesadilla. Una asociación juvenil me pidió que le representara en una convención que iba a tener lugar en Polonia, en la región de los grandes lagos. ¡Vaya aventura! Pensé yo iluso…. Fue como unas vacaciones en una jaula de oro, o peor aún, ¡¡fue como convivir en la torre de Babel de oro!! Mi inglés por aquella época devino en una especie de balbuceo con arcadas. Mi título de First Certificate adquirido en Dublín pasó a mejor vida en el momento en el que aprendí el italiano. Se ve que mis neuronas no fueron capaces de conservar los dos idiomas, y los transalpinos empujaron al vacío a los anglosajones.

   Pero pasados los años, esos 6 días en ese campo de exterminio lingüístico apenas pervive en mi memoria. Sin embargo, recuerdo como una aventura selvática mi viaje de vuelta a España. Desde el norte de Polonia, debía coger tres trenes hasta llegar a Varsovia, y una vez allí, debía apañármelas para arrivar al aeropuerto. Aluciné cuando vi que el primer tren salía a las 6 de la tarde, y el último llegaba a la capital polaca a las…. 3:50 de la madrugada!!!! Y sin entender ni papa de polaco, debía hacer lo posible por llegar sano y salvo a Madrid. Desde la cafetería de la estación donde esperaba al tercer tren, y reinando ya la oscura noche polaca, me sentí con ganas de transcribir mis sensaciones en semejante momento. Y ahora me decido a compartir ese escrito que ha permanecido semi oculto durante más de un lustro.

    Pues sí, estoy en Polonia. Acaba de dejarme en esta ciudad un tren de la Segunda Guerra Mundial con bocina de mugido de vaca. Son las 22:35 y estoy en la cafetería de la estación esperando el tercer tren que saldrá a la 1:20 am y que me dejará en Varsovia. Delante mía me observa una pizza de las congeladas que me acaba de servir la señora del bar, la cual ha vertido sobre la pizza ketchup anaranjado sin yo pedírselo. Acabo de probarlo y puedo asegurar que es de lo peor que he comido, y encima es de champiñones.

  El tiempo pasa lento en esta estación. Las 00:34. Entre párrafo y párrafo intento echar una cabezadita, pero la extremada incomodez de la silla me lo impide. La señora, que no sé si tiene 25 ó 55 años, ha puesto una caset de música polaca que me recuerda a la musiquilla de las películas porno, con jadeo femenino incluido. La pizza hace tiempo que la alejé de mi mesa, pero su repugnante sabor aún merodea por mi boca. Mis ojos se dirigen hacia el estante de los Trident, y me pregunto cómo se dirá chicle en polaco. Seguramente “chiclaja”. Es curioso, pero después de pasar seis días en Polonia aún no sé cómo se dice hola, gracias o adiós. Sólo aprendí que rachunek es factura y el baño, toileta.

  Por cierto, que si me descuido, me voy de vientre, pero sé que si decido bajar las escaleras que dan al servicio, muero. O eso o me dejan en calzoncillos sin un puñetero sloty…. ¡Y qué tendrá el té de este bar que todos los que pasan por aquí lo piden!

  No lo sé. Bueno, han pasado unas horas y en estos momentos me encuentro en el aeropuerto de Varsovia. Son las 4:35. Faltan seis horas para que salga mi avión, pero del asiento de la cafetería no me echa ni Dios. Al llegar a la estación de trenes de Varsovia me ocurrió algo muy curioso. Empecé a buscar una salida, pero acabé en una galería subterránea llena de vagabundos refugiándose del frío nocturno. Me dejé llevar y mis pies me llevaron en busca de un taxi que me alejara de aquel infierno. No sé si por inercia o motivados por un sueño imposible, mis pies me dejaron en la puerta de un puticlub. En realidad no parecía un puticlub, y acabé allí porque a lo lejos observé un coche que parecía, y era, un taxi.

  Al acercarme al coche con rayas, el taxista me dijo en un inglés tarzanero que el coche estaba ocupado. Nadie había dentro, pero en seguida salieron del edificio tres borrachines muy contentos. Seguramente Lolita se portó muy bien con ellos. Al verme allí preguntaron al taxista, y uno de ellos, el que era capaz de articular palabra, se preocupó por mí y no paraba de decirme: “Dangerous place, dangerous place…. This is a dangerous place“. Los otros dos se metieron en el taxi, pero el tercero impidió la estampida, diciendo que no podían dejarme solo en aquel dangerous place. Así que el taxista llamó a un compañero por radio, y ellos permanecieron en su taxi esperando a que llegase el mío, el cual tardó al menos diez minutos. Entre bromas, uno de ellos me dijo que por qué no subía al local de alterne, y todos los presentes reímos. Yo, animado, les pregunté que qué tal lo habían pasado, y por sus caras deduje que bastante bien, aunque dudo que a la mañana siguiente pudiesen recordar bien su noche loca en aquel dangerous place…. Y yo escapé de allí sano y salvo y con mi conciencia y mis partes incorruptas.

  Llegué  a Madrid, y nada más cruzar la puerta de mi humilde casa, me prometí a mí mismo no volver a aceptar semejante compromiso. Luego me metí en internet y me empeñé en buscar cómo carajo se decía chicle en polaco: guma, kleíc.

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