Nina (La Perra, No La Cantante)
Tras dedicar un post a la figura del Pantera, con todo lo que aquello significó de recuerdo histórico, dedico un nuevo capítulo a la nostalgia, uno que puede ser un poco como un segundo capítulo de una Trilogía Nostálgica De Mi Infancia.
Cuando tenía unos siete años, allá por el año 1982, ver perros vagabundos por la calle era de lo más normal. Hoy en día, los niños no saben lo que son los perros vagabundos, y menos mal, porque si no no tardarían en prenderles fuego…. Pero por muy habitual que fuese, nuestras madres siempre nos advertían de los peligros de acercarnos a esos perros. Nos hablaban de una enfermedad que hacía caer el pelo a los niños, y a mí eso me hacía perder los nervios. Por supuesto, estaba la famosa rabia. La posibilidad de ver a un perro rabioso era escasa, pero era como una leyenda urbana real: el fantasma estaba ahí, y si te mordía, te convertías en un niño rabioso. Hoy en día todos los niños son rabiosos, pero no echan espuma por la boca.
Una mañana de sábado, mis amigos Pepe, Javi y yo nos encontramos a un perro peludo y pelirrojo que parecía abandonado. Nos cayó bien, y le llamamos Donald, como el Pato Donald. El perro no es que fuese la alegría de la huerta, pero nos caía bien. Cada tarde bajábamos a la calle y allí estaba el chucho. Pero al sábado siguiente, apareció una niña con su padre alegando que el perro les pertenecía, y que se lo querían llevar de vuelta. Nosotros nos pusimos a un lado y ellos al otro. En medio, Donald, el cual debía decidir con quién se quedaba. Nos miró a nosotros, luego a ellos, después de nuevo a nosotros, y finalmente se decantó por volver con sus auténticos dueños. Y no nos extrañó, al fin y al cabo ellos le ofrecían un hogar y comida tres veces al día, y nosotros sólo le podíamos ofrecer un par de matorrales para dormir.
Y ahí acabó nuestra relación con el perro Donald. Poco tiempo después, apareció en nuestras vidas otro perro callejero. En esta ocasión se trataba de una cachorra negra, de pelo corto y liso y una cara muy simpática. Era muy nerviosa, y no paraba de juguetear con nosotros. La llamamos Nina, como la cantante, pero esto fue mucho antes de que Chicho bautizara así a la cantante de pelo rizoso.
Nina se instaló en los jardines justo debajo de nuestro edificio. Allí era feliz. Los domingos le bajábamos los restos del pollo asado de pollería, y se lo comía todo. Claro, era el único plato caliente que engullía en toda la semana. Los sábados por la mañana era nuestro tiempo dedicado a ella. Nos bajábamos a jugar y ella nos acompañaba. Al principio era una perra muy limpia, y daba gusto acariciarla, pero pronto empezó a presentar un aspecto más asqueroso. Ignoramos si se restregaba en las mierdas ajenas, como es costumbre en sus congéneres.
Pero aunque nuestro cariño era mutuo, llega un momento en la vida de toda perra en que es necesario independizarse, alejarse de los suyos para saber cuál es exactamente su lugar en el mundo. Ella lo tuvo claro: su lugar en el mundo estaba en unas obras muy cerca de nuestro edificio. Eran las obras que agrandaban nuestra urbanización. Era costumbre que los guardianes de las obras se dejaran acompañar por perros callejeros. Los animales le hacían compañía en las largas noches de invierno, y el vigilante, a cambio, les daba chuscos de pan y algún que otro resto.
Cuando ocurrió aquello, dejamos de verla por un tiempo. Pero una mañana de sábado, sin saber exactamente dónde estaba, empezamos los tres a gritar al unísono: “¡NIIIIINAAAAAA!, NIIIIIINAAAAAA!” Pero nada ocurría, no la veíamos, hasta que de repente la vimos llegar a lo lejos en una cabalgada digna del Grand National. Y con toda la lengua afuera, se avalanzó hacia nosotros convirtiendo aquello en una tierna escena donde niños y perra se abrazaban, se lengüeteaban y se daban innumerables muestras de cariño. Ahí estaba nuestra Nina, la fiel Nina que a pesar de todo siempre estaba dispuesta a vernos. Luego, alrededor de una hoguera, fumando cigarrilos y bebiendo café con whisky, nos contó que se había convertido en la jefa de los perros de aquella obra. Ella era como la reina madre de un plantel de abejas: todos los perros yacían con ella y pronto empezó a traer críos al mundo.
El ritual de la llamada a Nina se convirtió en un clásico en nuestra urbanización. Ella era tan efusiva en sus saludos que al gritar su nombre debíamos subirnos a los columpios y balancearnos, para así evitar que nos tirara al suelo, pues, aunque era una perra mediana, en la obra fortaleció sus músculos considerablemente.
La relación con nuestra perra duró dos años, quizás tres, hasta que una buena mañana de sábado la llamamos a gritos…. y no apareció. Nos acercamos a las rejas que separaban la obra, y entre aquella marea de perros no avistamos a nuestra negruna Nina. Más tarde nos enteramos de que la perra murió en un ataque masivo del resto de los perros. Algo así como un golpe de estado perril en el que intervinieron incluso sus propios hijos. Sus últimas palabras fueron: “Tu quoque, fili mi.”
A partir de entonces decidimos no adoptar más perros callejeros, pues ninguno iba a poder superar a nuestra querida y eterna Nina.

